Más anécdotas del comercio gaditano

Las anécdotas cuando se trabaja de cara al público se pueden contar por pares. Nosotros en esta tercera entrega le contaremos solo cinco con el objetivo de ir dosificándolas. Allá van!

Nos cuenta Juanjo, dependiente de una librería, que en una ocasión un cliente quiso aclarar una duda con él: “Perdón, una preguntita: si yo me compro un libro aquí ¿puedo devolverlo cuando me lo haya leído?”. En ese momento dice Juanjo que, imaginando que en todos los comercios se hiciera lo mismo, vio a los clientes de las tiendas de ropas devolviéndolas una vez utilizadas o en el caso de los restaurantes haciendo lo propio con la comida consumida. Buen negocio iba a hacer. Ains…

A otra librería se acercó en una ocasión un enigmático señor: “Perdone – le dijo al dependiente – se les han caído dos libros ahí a unas chavalas sin haberlos tocado siquiera“. El dependiente miró hacia ellas con cara de preocupación aunque ya acostumbrado a que las torres de libros se cayeran alguna que otra vez debido al peso: “Pero usted no se preocupe. Eso probablemente es que hay alguien en esta librería que murió hace muchísimo tiempo y se está manifestando ahora“. La cara del señor mostraba la seriedad de sus palabras. “Así que eso hay que verlo de la manera más normal del mundo. Es la forma que tienen de manifestarse las personas que ya no están con nosotros“. El dependiente no sabía hacia donde mirar…

El gremio de farmacéuticos también han tenido que ver de todo. Que se lo pregunten a Carlota que me contaba un día atónita lo que le había ocurrido: “Llegó un día un cliente muy preocupado porque no tenía muy claro lo que el médico le había recetado y nos dice que si nos puede enseñar una foto. Nosotros extrañados, le dijimos que sí. ¿Por qué no iba a enseñárnosla? Cuando nos la enseña era su pene con una crema que no sabía muy bien cómo aplicar”. Habría que ver la cara de los farmacéuticos aguantando el tirón…

A José, otro farmacéutico aun le cuesta contar la siguiente anécdota sin sonreír: “Un día llega un cliente pidiéndonos un pipo pero guiñándonos un ojo. Así que, no sé por qué, nos dio  por pensar que lo quería en realidad era una caja de preservativos pero que le daba vergüenza porque había dos señoras al lado. Así que le sacamos una caja. Cuál fue nuestra sorpresa al descubrir que estábamos equivocados en las dos cosas: sí que quería un pipo y su guiño no era un guiño sino un tic nervioso. Hubiésemos dado dinero para que la tierra nos hubiese tragado en aquel momento…

Acabamos con Julio, un repartidor de cartas a domicilio que por imposible que le pareciera y tras llamar a la puerta de una señora, vio como una gaviota andaba a sus anchas por el salón de su casa como si de una mascota de compañía se tratara…

@ManoloDevesa

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