La leyenda de “La Casa de los Espejos”

No es la primera vez que os confieso la inquietud que me provoca algunos tramos de nuestra Alameda Apodaca. Fue por eso que mi primera novela la desarrollé allí mismo. Y de entre todos sus edificios, no hay ninguna duda que del que hoy les hablo es el que más respeto me produce. Será por la terrible historia que encierran sus paredes. ¿O acaso no sabe la leyenda de “La Casa de los Espejos”?

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La casa de los Espejos se sitúa en plena Alameda. Hoy día son unos pisos que podrían catalogarse de lujo. Pero que o muy de lujo tienen que ser para que sigan deshabitados o la leyenda que pesa sobre ellos dificulta su venta.

El caso es que sobre la casa de la que le hablamos hoy, pesa una horrible leyenda que tiene de protagonistas a un matrimonio presumiblemente feliz: un almirante con su esposa e hija. El hombre viajaba constantemente debido a su sacrificado trabajo. Pero sus obligaciones no impedían que el amor por su hija fuera inmenso. Cada vez que volvía de esos viajes, obsequiaba a su primogénita con un bonito espejo. La niña vivía rodeada de ellos. Los coleccionaba y su padre, conocedor de su curiosa afición, la agasajaba con todos los que podía. Grandes y pequeños, estrechos y anchos, los espejos llenaban la casa con formas que llamaban poderosamente la atención. No había habitación de la que no colgara uno.

Con el paso del tiempo, aquella niña se fue convirtiendo en una guapa muchachita por la que el almirante sentía un mayúsculo orgullo y así lo hacía saber a sus amigos y compañeros. Sin embargo, su esposa observaba como todas las atenciones iban dedicadas a la chica sintiéndose cada vez más desplazada y fuera de lugar. Para colmo, los continuos viajes del almirante la alejaban más de él pese a que no lo hiciera conscientemente. Los celos y la envidia fueron llenando el interior de la mujer que aunque ante los ojos de su marido siempre tenía la mejor de sus sonrisas, en el fondo un odio desconocedor fue creciendo en torno a su propia hija.

Dispuesta a recuperar al hombre de su vida, la atormentada mujer urgió un plan con el que conseguir retener la atención de su marido y durante una de sus ausencias lo llevó a cabo. Cuando la esposa celosa observó la despedida de su marido con su hija, sonrío maliciosamente. “Te traeré mas espejos, mi niña. Te quiero” le dijo el padre a su hija antes de marcharse. Ajeno a lo que su mujer planeaba, el almirante se fue sin sospechar que aquella vez sería la última que vería con vida a su amada hija.

Una noche durante la cena, la madre sirvió un jugoso pescado a su hija, el cuál llevaba un veneno mortal. Tras agradecerle a su madre el rico manjar, la chica se echó a dormir y la malvada mujer también. A la mañana siguiente, la mujer del almirante sintió una extraña tranquilidad en la casa. Se levantó esperando ver a su hija asomada a los cientos de espejos que colgaban de las paredes de su casa como era lo habitual. Sin embargo, no la encontró por ninguna parte y acudió a su dormitorio para comprobar si se encontraba allí. Y allí la encontró: tirada en el suelo, inmóvil, muerta. El veneno había surtido efecto tal y como ella deseaba y una maléfica sonrisa se le dibujó en los labios…

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Pasado el tiempo y lleno de ilusión, el almirante volvía a su casa con más espejos para su joven hija. Nada sabía de la suerte que la chica había corrido. Cuando su mujer le comunicó la fatal noticia, el hombre vio sumergirse en un pozo de tristeza y soledad. La chica, le contaba su mujer, había muerto en un fatal accidente. Desolado y sin ganas de volver a navegar, el almirante miró a su mujer decidiendo que los viajes se habían acabado.

Una madrugada, la voz de la chica despertó al padre que dormía plácidamente. Juraría haberla sentido como le susurraba al oído llamándolo “papá”. Confundido, se levantó con el ánimo de tomar agua y aliviar un poco lo que él creyó ser una pesadilla propia de los momentos tan duros por los que estaba pasando. Sin embargo, cuando pasó por uno de los espejos que colgaban en las paredes de su habitación se quedó helado: la figura de la hija se distinguía perfectamente en uno de ellos y con el dedo le animó a que la siguiese. Casi sin aliento, el padre siguió a su hija pasando de espejo en espejo mientras que atónito veía a través de ellos la terrible verdad: su hija le mostró como había sido su trágica muerte. Muy diferente a la que su madre la había contado.

Atormentado por el terrible descubrimiento y lleno de rabia y dolor, despertó a su mujer para pedirle las explicaciones pertinentes. Cuando la esposa escuchó de su boca tal y como se habían cometido los hechos, se derrumbó y confesó toda la verdad esperando su perdón. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, el almirante se personó ante las autoridades con ella, la hizo confesar consiguiendo su encierro de por vida en la soledad de un triste y oscuro calabozo hasta el final de sus días. Destrozado aunque más tranquilo por haber vengado la muerte de su hija, el almirante no volvió a ser visto por su casa. Quizás el peso de los recuerdos se lo impidieron y debió viajar porque nadie más lo volvió a ver por Cádiz.

Muchos años después, la Casa de los Espejos ha sido testigo según numerosos vecinos de los lamentos de una niña que lloraba sin parar o de sombras escondidas tras las cortinas que podían verse desde la calle. Todo esto mientras estaba totalmente deshabitada. No sabemos si el alma de la chica a la que su propia madre le arrebató la vida, sigue pidiendo justicia…

@ManoloDevesa

 

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Teresa Valenzuela dice:

    Encantada de leer estas emocionantes leyendas!!

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    1. Y yo encantado de acogerte en nuestra azotea cuantas veces quieras. Saludos!

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  2. Ana Maria dice:

    Yo he vivido ,a llado de la casa de los espejos 20 años ,justo en la casa que se ve en la foto, la casa la visitábamos casi todos los días ,no sabía la verdadera historia,solo que había fantasmas,que nunca vi gracias a Dios.

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    1. Vaya, pues muchas gracias por tu testimonio Ana María!

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